El 24 de abril de 2025 marcó un hito fundamental para la integración del sector cripto en la economía tradicional. La Reserva Federal de los Estados Unidos, en un movimiento coordinado con organismos internacionales, anunció la rescisión de las guías de cumplimiento que obligaban a los bancos a solicitar aprobaciones previas individuales antes de participar en actividades relacionadas con activos digitales. Esta decisión, que fue celebrada por analistas financieros como el «fin de la regulación por litigio», establece un marco donde los bancos pueden ofrecer servicios de custodia y liquidación de criptoactivos bajo las mismas normas de gestión de riesgo que cualquier otro activo financiero, eliminando la incertidumbre jurídica que había frenado la adopción institucional durante años.
El impacto inmediato de esta política ha sido la apertura de los servicios de custodia a gran escala. Las entidades financieras ya no necesitan intermediarios especializados con perfiles de riesgo opacos; ahora, la banca tradicional puede integrar la custodia de Bitcoin y otros activos principales directamente en sus plataformas, ofreciendo a los clientes corporativos y minoristas un entorno seguro, regulado y respaldado por la infraestructura bancaria existente. Este cambio no solo legitima al activo como una clase de inversión madura, sino que reduce drásticamente las fricciones para la entrada de capitales masivos provenientes de fondos de pensiones y dotaciones universitarias, que anteriormente veían en el ecosistema cripto una zona de riesgo reputacional inaceptable.
Paralelamente, se ha consolidado el estándar de reporte contable bajo las nuevas normativas (como la FASB ASC 350-60), permitiendo a las empresas medir sus tenencias de activos digitales a valor de mercado en sus balances financieros. Esto ha eliminado las distorsiones contables que inflaban artificialmente los riesgos y ha permitido que empresas del Fortune 500 incluyan Bitcoin en sus tesorerías corporativas como reserva estratégica. La arquitectura de esta nueva fase es clara: el ecosistema cripto ya no opera en los márgenes de la ley, sino que se ha convertido en una capa de valor subyacente que corre sobre los mismos rieles que la banca internacional, preparando el terreno para una adopción global donde la distinción entre «dinero tradicional» y «dinero digital» comienza a desvanecerse en favor de la eficiencia y la interoperabilidad técnica.



